Psicopatía y psicópatas

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Ser médico


Ser médico implica una responsabilidad sobre la vida de aquel que se entrega a nuestro cuidado. No hay religión, ley, ideología o cualquier otro hecho cultural que altere este principio básico. El médico está para curar, ese es el mandato que le asigna el grupo, independientemente de que sea el chamán de la tribu o el académico del sanatorio más caro. Seguir medicina es asumir riesgos, desde el simple accidente de contagiarse la enfermedad el paciente que asistimos, ser agredidos por los familiares, o terminar con juicios ejecutados por abogados que deambulan en los pasillos de los hospitales buscando la presa que lo habilite a un juicio por mala praxis, real o inventado. El médico tiene la misión de proteger la salud, es un soldado de la vida.
El accionar del médico se da en lo biológico, en la base orgánica del individuo, y no tiene que confundirse nunca, ni mezclarse, con lo cultural (leyes, ideologías, religión, etc.). El médico debe intentar restablecer la salud quebrantada con todos los medios terapéuticos que tenga a su disposición. Para ello su mente debe estar libre de presiones de otros ámbitos. La mente debe estar exclusivamente concentrada en salvar la vida del paciente.
Recientemente se da el falso debate sobre si hay que transfundir sangre a un miembro de una creencia religiosa (que se lo impide) o no. El paciente tiene riesgo grave de vida. Para el médico no hay duda, debe transfundir, equilibrar el organismo, sacarlo del coma, y luego, ya restablecido, que siga con las creencias que desee. Ese es el accionar médico. El médico no está transfundiendo a ningún “Testigo de Jehová”, sino a un hombre que está en una camilla con 21% de hematocrito y necesita sangre urgente. Punto. No importa que sea de una secta, un asesino, un santo… el médico solo debe estar concentrado en que es un hombre en peligro y que él sabe y dispone de los elementos que pueden aliviar o quitar ese peligro de muerte. Los papeles, las leyes, las creencias se discutirán después, cuando el paciente esté curado.
Tal como como repetimos en la jura: “Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos; me libraré de cometer voluntariamente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitaré sobre todo la seducción de mujeres u hombres, libres o esclavos”.
Este juramento milenario tiene su razón de ser: el bien del enfermo está por encima de las acciones corruptas, o las seducciones (leyes, religiones…) de  cualquiera.
Si esto no es así, la salud está en manos inadecuadas y sujeta a los vaivenes de los papeles de turno (leyes que son válidas hoy y reprobadas mañana). ¡¿Cómo un abogado, sea juez o lo que fuere, puede obligar a un médico a qué hacer?!  Cómo es posible que alguien que no tiene el menor conocimiento de medicina puede tener el tupé de dirigir la acción de un médico ante un paciente en riesgo. Es la letra de un papel contra la vida de una persona. Una falacia.
¡La Corte Suprema determinó que no se transfundiera al paciente Testigo de Jehová porque firmó un papelito estando sano y fuerte siguiendo una creencia! ¡Dicen que es el derecho del paciente! No existe un derecho superior que el de preservar la vida. Este derecho está por encima de todos los derechos.
Si el médico no transfunde al paciente, esta siendo seducido por otros hombres, por fuera de la medicina, a quebrar su juramento y a apartarse de su esencia en la sociedad: está colaborando con, en caso de que el paciente esté lúcido, el suicidio por razones místicas de ese ser. Y si no está lúcido, si está en coma por hipoxia, dados los escasos glóbulos rojos, está facilitando la muerte del paciente por inacción, POR MIEDO a ser demandado judicialmente.
Pienso que no hay mayor inseguridad sanitaria que generar médicos miedosos de arruinar su vida profesional por los posibles juicios si toma una decisión ante un paciente en riesgo. No transfundimos, no operamos, no accionamos si no tenemos la orden de un juez (un abogado), y cuando al fin esa orden llega el paciente está muerto o su salud gravemente empeorada. Con esta actitud temerosa, el médico zafará de un juicio (hecho por un abogado querellante) y no será penado (por un abogado con el cargo de juez), pero el que pagara las consecuencias de esta precaución será el paciente (que puede ser en algún momento usted, lector, o yo, o el mismísimo juez) y la conciencia del médico que sabe que está ejerciendo mal su profesión.

La reciente ley 26742, del 24 de mayo de 2012, dice:
“e) Autonomía de la voluntad. El paciente tiene derecho a aceptar o rechazar determinadas terapias o procedimientos médicos o biológicos, con o sin expresión de causa, como así también a revocar posteriormente su manifestación de la voluntad.”.
Cuántas muertes producirá este ambiguo articulo, cuántos juicios, cuántos pacientes temerosos agravarán su enfermedad, cuántos médicos miedosos esperarán la decisión del paciente mientras su ciencia les indica que se esta muriendo o agravando.
Esta invasión de los abogados y sus papeles en la medicina solo presagia malos tiempos para la salud del país.


Dr. Hugo Marietan, médico
Buenos Aires, 2 de junio de 2012

 

 

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